Por Milton Olivo
Un futuro glorioso para la República Dominicana puede construirse con una visión que conecte la producción de nuestros campos, la capacidad de nuestras industrias y la expansión de las inversiones dominicanas hacia el Caribe y Centroamérica. Para avanzar en esa dirección necesitamos producir más, transformar lo que producimos y convertir parte de la riqueza generada en nuevas empresas y oportunidades.
El punto de partida está en nuestra propia tierra. Cada terreno con vocación agrícola que permanece improductivo representa una oportunidad pendiente. Ponerlo a producir exige facilitar financiamiento, asistencia técnica, agua, caminos y acceso a compradores. También requiere organizar la siembra según la demanda y las condiciones de cada territorio, protegiendo los suelos y las fuentes de agua que sostendrán la producción del mañana.
Pero sembrar es apenas el comienzo. El mayor salto económico llegará cuando podamos transformar una proporción creciente de nuestras cosechas en productos elaborados, con calidad, presentación y capacidad para competir en mercados internacionales.
Una fruta puede convertirse en pulpa, conserva, jugo o alimento deshidratado. El cacao puede transformarse en chocolate y otros productos con identidad dominicana. Los vegetales pueden llegar al consumidor procesados y empacados. Cada transformación abre posibilidades de empleo en transporte, refrigeración, envases, mantenimiento, comercialización y servicios.
Industrializar el campo significa multiplicar las oportunidades alrededor de lo que la tierra produce.
Para lograrlo, propongo impulsar una red de centros agroindustriales vinculados con las zonas productivas del país. Espacios donde productores, cooperativas, emprendedores e inversionistas puedan colaborar para procesar, conservar y comercializar sus productos. Su ubicación y especialización deben responder a estudios de viabilidad, disponibilidad de materia prima y posibilidades reales de venta.
Esta estrategia debe integrar al pequeño y mediano productor. Los contratos de compra, las asociaciones y la participación en empresas de transformación pueden ofrecerle mayor estabilidad y una mejor oportunidad de beneficiarse del valor que ayuda a crear. El desarrollo adquiere sentido cuando quienes trabajan la tierra también pueden progresar con sus familias.
La formación técnica debe acompañar ese proceso. Necesitamos preparar jóvenes para operar equipos, asegurar la calidad de los alimentos, administrar empresas y desarrollar nuevos productos. Así, permanecer en una comunidad rural podrá convertirse en una elección respaldada por oportunidades de superación.
Con una base productiva más sólida, la República Dominicana podrá ampliar su horizonte empresarial hacia las demás islas del Caribe y Centroamérica. Exportar puede ser el primer paso; establecer centros de distribución, asociarse con empresas locales e invertir en operaciones regionales puede ser el siguiente.
Esa expansión debe construirse con conocimiento de cada mercado, respeto a sus normas y alianzas que generen beneficios compartidos. Las inversiones dominicanas en el exterior podrán abrir puertas para nuestros productos, ampliar la experiencia de nuestras empresas y generar recursos para nuevas inversiones dentro del país.
El Estado puede facilitar este camino mediante infraestructura, formación, promoción comercial y reglas claras. Al sector privado le corresponde invertir, innovar y asumir riesgos. A los bancos les corresponde apoyar con financiamientos. La cooperación entre ambos debe tener objetivos verificables: productividad, empleos, exportaciones y bienestar.
La grandeza de una nación se construye cuando su gente encuentra cómo convertir su esfuerzo en progreso. Tenemos que hacer de la producción una causa nacional y del emprendimiento una posibilidad al alcance de más dominicanos.
Pongamos a producir la tierra, agreguemos valor a nuestras cosechas y llevemos nuestras empresas hacia nuevos mercados. Un futuro glorioso para la República Dominicana comienza con las oportunidades que seamos capaces de crear hoy.
El autor es escritor y activista por una Quisqueya Potencia.
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