El alcalde de Santo Domingo Este, Dío Astacio, durante un acto público

Por Milton Olivo

La política muestra su rostro más duro cuando obliga a escoger entre personas queridas y decisiones políticas que se consideran necesarias. Es entonces cuando el liderazgo deja de ser una posición de reconocimiento para convertirse en una carga íntima: decidir pensando en la integridad e intereses del equipo, sabiendo que cualquier camino puede lastimar a alguien.

Los equipos políticos se construyen con años de esfuerzo, jornadas interminables, derrotas compartidas y esperanzas que sobreviven a las dificultades. En ese recorrido nacen afectos profundos. Hay compañeros que terminan siendo parte de la familia, porque estuvieron presentes cuando escaseaban los recursos y abundaban las incertidumbres.

Por eso, las separaciones duelen. Duele descubrir que quienes caminaron juntos durante tanto tiempo comienzan a mirar hacia destinos diferentes. Duele comprender que la historia compartida, por valiosa que sea, no garantiza la coincidencia sobre el futuro.

Ese es el dilema que plantea la situación del entorno político del alcalde de Santo Domingo Este, Dío Astacio. Desde la lectura que aquí expongo, su acercamiento al proyecto de David Collado y el respaldo de algunos colaboradores a otro equipo, han colocado al equipo ante una tensión entre afectos personales y alineamientos políticos, y la divergencia de esos acercamientos es la razón de las renuncias anunciadas.

Los compromisos históricos y familiares pueden influir en esas decisiones. También las convicciones y las expectativas individuales. Comprenderlo exige reconocer que cada persona tiene derecho a escoger su camino, incluso cuando esa elección contraría los intereses compartidos de un grupo político determinado.

Pero quien conduce un proyecto también se hace preguntas difíciles: ¿Cómo conservar una dirección compartida cuando importantes integrantes asumen compromisos distintos? ¿Cómo construir confianza sobre el futuro si dentro del núcleo político conviven objetivos enfrentados?

La idea de que quien se aparta de la línea de un proyecto político debe permitir que otros –comprometidos con el norte del grupo– asuman sus responsabilidades tiene sentido dentro de una estructura partidaria. Un equipo necesita personas dispuestas a sostener sus acuerdos, asumir sus tareas y responder por el rumbo escogido.

La integridad de un equipo también se demuestra en la forma en que administra sus diferencias. La autoridad se fortalece cuando hay claridad, respeto y coherencia entre los compromisos asumidos como equipo y las decisiones personales adoptadas.

Desde esta perspectiva, las recientes salidas de importantes figuras del entorno municipal pueden interpretarse dentro de un proceso de divergencias y reorganización política. Producido por la diferencia entre el norte político del equipo y las decisiones personales de valiosos y queridos compañeros que optaron libremente por tomar otra dirección.

Para el líder, la carga emocional permanece. Debe sufrir el alejamiento de personas a las que aprecia, escuchar razones que quizá comprenda y tomar decisiones cuyas consecuencias pueden acompañarlo durante años. A veces pierde un colaborador. Otras veces pierde, además, a un amigo entrañable.

También sufre quien se marcha. Puede sentir que sus aportes quedan relegados, que su libertad de elección tiene un costo afectivo o que una larga trayectoria termina reducida al último desacuerdo. Reconocer ese dolor ayuda a evitar que una separación política se convierta en una injusticia personal.

Nadie debería necesitar destruir la reputación de un antiguo compañero para explicar por qué sus caminos se separaron, sobre todo cuando la causa es simple: la decisión de escoger con libertad diferentes caminos. La gratitud sigue teniendo valor después de la diferencia. Los servicios prestados merecen reconocimiento y la dignidad debe preservarse a ambos lados de la decisión.

La política es descarnada porque enfrenta intereses, afectos, amistades, distribuye responsabilidades y obliga a actuar bajo presión. Pero su dureza no libera a nadie del deber de ser humano. Precisamente en los momentos de ruptura se revela la calidad de los liderazgos.

Conservar la unidad exige acuerdos claros. Conservar el respeto exige aceptar que algunos dejarán de compartirlos. Y conducir con integridad exige que la fortaleza del proyecto se construya mediante norte claro, confianza, firmeza, trabajo y resultados.

Ese es uno de los precios más dolorosos del liderazgo: aceptar que no todos llegarán juntos al mismo destino y procurar que, al separarse los caminos, permanezca intacta la dignidad de quienes un día caminaron unidos.

El autor es escritor y activista por una Quisqueya Potencia.

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